El 29 de julio del verano que ya nos preparamos para despedir, dos catequistas de confirmación del colegio, Paco Tolmo y Javier Botella, también antiguos alumnos, comenzamos desde Sant Jean-Pied de Port la peregrinación a Santiago de Compostela a través del Camino Francés. Tal camino es el más representativo de la peregrinación Jacobea y para muchos estudiosos el más antiguo, ya que une, entre otras, las principales capitales que en el siglo X eran baluarte del cristianismo: Pamplona, Logroño, Nájera, Burgos, Frómista, León, Astorga, Ponferrada y, por supuesto, Santiago de Compostela.
A lo largo del Camino son muchas las personas que de un modo u otro acompañan la peregrinación. La huella que estas dejan en nosotros, entre otros aspectos, configuran una realidad muy distinta a la que la vida común, repleta de tráfico y televisión, nos tiene acostumbrados. Dudo, por ejemplo, que mi compañero Paco olvide cuando en Pamplona una mujer a la que recién habíamos conocido se ofreció a curarle los pies; o que yo deje de impresionarme al recordar el trabajo de la gran cantidad de hospitaleros voluntarios que día a día cuidan –de un modo en ocasiones maternal – a los peregrinos que el Camino les trae. Resulta muy agradable olvidarse durante un mes de aquella sentencia que califica el voluntariado como algo obsoleto.
Y es que motivos para realizar el Camino hay tantos como personas: puede suponer desde un gran reto para el deportista como una clase magistral para el interesado por el arte y la historia; pero, por encima de todo, se trata de un camino cristiano, donde el creyente halla un itinerario perfecto para poner en práctica el amor a Dios y el amor al prójimo.
En este mismo sentido, no puedo olvidar, a través del recuerdo que a continuación relato, las palabras de Juan Pablo II en la IV Jornada mundial de la Juventud: “El Camino de Santiago fue durante siglos, un camino de conversión y de extraordinario testimonio de fe” .
Y para corroborar esas palabras ahí va mi testimonio:
Dos peregrinas, a vísperas de una etapa caracterizada por su dureza, decidieron enviar su mochila a través de un taxi al siguiente pueblo donde harían noche, ya que una de ellas había enfermado pero no quería dejar de caminar. Ya en camino, se confundieron de senda y tras soportar horas subiendo cuestas, llegaron exhaustas a un pueblo que estaba más allá de aquel al que habían enviado sus bolsas. Por si fuera poco, una vez volvieron sobre sus pasos hasta el pueblo, empapadas por la lluvia, sus bolsas no estaban en el albergue. Además de que a todo peregrino le resulta muy incomodo desandar al Camino ya hecho (tanto como a cualquiera de nosotros reconocer nuestros errores), también es duro si tenemos en cuenta que el caminante no tiene más bienes que aquellos que está dispuesto a cargar en su mochila.
Ya en el albergue –donde las peregrinas maldecían, como mínimo, su suerte – un peregrino leones de setenta años les preparó sopa caliente mientras les animaba con esperanzas que ellas aceptaban de un modo algo escéptico. Al cabo de unas horas, como es costumbre en diversas etapas, estaban empezando una oración junto a otros peregrinos cuando se unieron dos caminantes que habían encontrado los equipajes perdidos. La oración de ese día consistía en el tradicional lavatorio de pies que Jesús realizó a sus discípulos, y en el momento en que el monje limpiaba con delicadeza el pie de una de las mujeres, ésta estalló en un llanto conmovedor para todo aquel que se encontraba en aquella capilla.
Poco después, cuando los peregrinos fueron invitados a compartir sus experiencias, nuestra protagonista explicaba cómo el que parecía el peor día del Camino, se había convertido en una gran experiencia de su vida; gracias a la cantidad de peregrinos que con toda naturalidad les habían ayudado: orientándolas en el camino de vuelta, preparándoles la comida, buscando sus mochilas o en aquel momento lavando los pies que tantos kilómetros soportan. Según expresó, había recuperado la fe que hacía tiempo había perdido. En verdad los caminos del Señor son inescrutables.
Quiero expresar, mediante la alegría que estas peregrinas sintieron, el ambiente de profundo altruismo que en el Camino sorprende a todo aquel que en el transcurso de su cotidianidad se ha acostumbrado más a un ambiente de competencia que al trabajo para los demás de forma natural.
Y más aún, con agradecimientos como la emoción de aquella mujer cuando Paco y yo entramos en la capilla habiendo encontrado unos equipajes, es fácil entender que allí por más altruistas que fuésemos siempre estábamos en deuda. Una deuda sana, que se contagia a lo largo de las etapas y que nos hizo regresar a nuestras vidas en Valencia con la firme convicción de que lo más contagioso que existe es el amor.
Así pues, queremos invitar desde este texto a realizar la peregrinación a Santiago de Compostela, donde el concepto de lo materialmente imprescindible cambia de forma radical; y a que desde hoy mismo tratéis de contagiar a todo prójimo posible.
Buen Camino
Javier Botella
Catequista de Confirmación del Colegio